EROS

Gota a gota las perlas de sudor bajan por mis costados, desde mis axilas, hasta perderse en los dobleces de mis caderas. Y al deslizarse por ellas, frescas y livianas, hacen que todo el cuerpo tiemble. Un escalofrío que sube hasta el cuero cabelludo y, allí, me enerva el pelo como si fuese a salirse del folículo, como si quisiesen echar a volar y arrancar parte de mí, como se arrancan las raíces de una mala hierba. Y entonces las manos se quedan frías, y las uñas parecen despegarse de la carne. Las pongo bajo el sol que calienta la barandilla, y aunque el metal arde, siguen frías. Y todo por unas perlas de sudor. Un pequeño orgasmo por unas gotas de sudor en un caluroso mediodía. Me llevo el dedo al costado, para recoger esas gotas frías, y después me llevo el dedo a la boca. El sabor salado sube hasta la nariz y después baja hasta los brazos… otra vez el calambre. Se me eriza el bello de los brazos, de las piernas y de la nuca, y aunque no sopla ninguna brisa, siento el frescor del verano.

Fuera en la calle el duro asfalto parece doblarse como una comba, y entre sus ondas se pierde mi mirada, buscando la nada, pensando en nada. Se oye muy lejos el motor de un coche, traqueteando torpemente, y el ruido llega dando saltos hasta mi balcón. Nada lo frena, porque la calle está desierta, y su silencio hace camino al traqueteo del motor, como un cauce a su río. A pesar de su torpeza no estropea mi serenidad. Al contrario, me despierta lo suficiente como para no caer en brazos de la soñolencia del calor, y le da a todo más consistencia. Los árboles parecen más quietos, las escaleras de la iglesia más inmóviles, la fuente seca menos solitaria. Su gravidez hace todo un poco más ingrávido. Y finalmente el ruido cesa, y deja tras de sí la nada. Me quedo sola, desnuda en el balcón, con tanto silencio de verano.

Entonces él gruñe desde dentro del cuarto, con la suficiente suavidad como para ser perfecto. Para seguir en armonía, para acompañar las formas de la calle, del asfalto y de la fuente. Para fundirse con el resto como un elemento más, indistinguible, imperturbable. Tiene esa cualidad de mimetizarse con el momento, de estar en consonancia con el ánimo del mundo. Se funde y se disuelve como la acuarela en el agua al mojar el pincel, desplegando sus colores y perdiéndose en el agua. Me giro y veo su cuerpo desnudo apenas cubierto por una fina sábana. Dejando que las molduras de su cuerpo se pronuncien solas, que hablen. Y su postura, recostado sobre un costado, deja que la curva de su cuello hasta la clavícula sostenga sobre sí el peso del aire. Viendo su cuello me confundo y empiezo a imaginar que es el cuarto el que rellena el espacio que no ocupa su cuerpo, y no su cuerpo el que ocupa parte del espacio. Todo se adapta a él. Las sábanas se ahuecan, el aire se aparta, y la cama se hunde dibujando su forma. Si desapareciese, no quedaría nada. Es un bailarín llenando el escenario, dándole peso a lo que le rodea. Y sin su cuerpo no hay obra, no hay espectáculo, y el escenario es sólo escenario.

Me levanto y entro en el cuarto. El suelo está frío, como mis gotas de sudor, e igual que antes el frío sube rápidamente. Me quito la blusa y me quedo con el pecho descubierto, para dejar que se extienda y me abrace. Me siento sobre la silla de mimbre que hay frente a la cama. De frente a él. Quiero observarle. Quiero disfrutar de su cuerpo. Vuelvo a sentir que su respiración se acompasa con todo, respira mediodía. Su pecho asciende y desciende, sin forzar el aire dentro o fuera. Sino que bailan uno con el otro, cuando su pecho se hunde, el viento hace tirabuzones y huye como un niño jugando, e imagino que esos tirabuzones llegan hasta mí, y los respiro. Y entonces es como si yo también entrase en el compás, y él, la habitación y yo respirásemos como uno solo. Como un gran fuelle, y el fuego calentando el asfalto en la calle.

Entonces mueve el brazo, dejándolo caer cerca de la almohada, descubriendo su vientre, dejando asomar el camino hasta sus piernas, con la sábana trabada entre sus pliegues. Y la habitación se precipita hasta su ombligo, y en su oscuridad infinita nos perdemos ella y yo. En los contornos de su ombligo me siento mirando dentro de un abismo, como si pudiese trepar hasta allí y asomarme dentro. Y me imagino posando allí la oreja, escuchando el subir y bajar de su vientre. Siento envidia de sus sombras, que recorren cada surco de su cuerpo, y me gustaría ser ellas, para protegerme entre sus barrancos. Entre la línea de su pecho, que se recorta como un pasillo hasta su cuello. Siento envidia de los claros donde la luz rebota contra su piel, y tropieza entre las curvas de su frente y de sus brazos. Y la hacen brillar como cumbres de montañas, y dejan brillar los pelos de su pecho como hierba lúbrica y pura. Semitransparente.

Me pongo otra vez de pie y me quedó así un rato. De nuevo sintiendo el frío del suelo, y dejando por última vez que me recorra hasta morir en mis hombros. Cierro los ojos y me dejo llevar, me concentro en el frío y dejo que me invada, que me tome y me controle. Y empiezo a temblar, pero no abro los ojos. Me siento rodeada de aire tibio, y sin embargo tan fresca por dentro, que tengo ganas de abrazarme a mí misma, protegerme, cubrirme. Me siento desnuda, aunque estoy desnuda. Pero me contengo, y dejo que mi desnudez me posea, y el frío se cuele entre mis piernas, entre mis dedos, entre mis manos, entre mis labios. Pienso en él, tumbado tan cerca, que bastaría con estirar el brazo para tocarle. Para tocar su cuerpo, para acariciarlo. Pero me contengo. Me contengo porque no quiero romper el silencio. El silencio es estético, y sólo él sostiene el silencio, y no quiero perturbarlo, como quien se cuida de no despertar a un niño que duerme. Me limito a sentirme desnuda, cerca y a la vez tan lejos de su desnudez, entrecubierta entre las sábanas.

De pronto vuelvo a sentir el sudor deslizándose por mis axilas, y mis brazos moviéndose libres y escurridizos contra mis costados. Sigo con los ojos cerrados, y entre el sudor, mis pies descalzos, mi torso frío, su cuerpo tibio, el asfalto ardiente, la fuente sola, de pronto se cuela una brisa. Y levanta las cortinas del balcón, se lleva el silencio de la calle con su aullido y se cuela hasta el cuarto. Y allí levanta la sábana, dejándole totalmente desnudo, escurriéndose entre todas sus líneas, dejándole totalmente expuesto. Y al mismo tiempo me alcanza, erizando el vello de mi nuca. Y siento que me embarga el cuerpo. Me tiemblan las piernas y se me tensa la mandíbula, y me pregunto si la brisa del verano sabrá lo que es un orgasmo. Y me pregunto si se puede estar enamorada de la brisa, del frío y de las formas de los cuerpos, y del vacío que rellenan. Me pregunto si es amor el verano. El mediodía robándole el silencio a la tarde, o las cortinas de mi balcón volando flácidas, o las sábanas de la cama descubriendo su pálido sexo.

Abro los ojos y me siento en el suelo, y allí me quedo mirándole.

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