Bonsáis y otros métodos didácticos

Los alumnos llegan a la universidad uno detrás de otro, como gotas que caen de un vaso, como si se hubiesen sincronizado perfectamente. Tic, tac, tic tac. Cada cinco minutos llega un alumno al aula, y como un reloj de arena, grano a grano, la clase va llenándose. Los que ya están en clase cotorrean entre ellos, y se preguntan, impacientes, cómo será el nuevo profesor de la asignatura de metodología didáctica. Da la hora en punto, y como el profesor aún no ha llegado, los alumnos siguen cotorreando, y cada cinco minutos llega uno más.

En ese momento aparece el profesor, y todos los alumnos guardan silencio, como si la clase fuese un vídeo y alguien le hubiese dado al botón de silenciar. Los alumnos miran al profesor mientras éste recorre el pasillo entre las filas de pupitres. La expectación es palpable. El profesor lo sabe y por eso camina elegante, barbilla alta y hombros encuadrados. Su maletín oscila con un movimiento perfectamente armónico. Cuando llega a la tarima deja el maletín encima de la mesa, se quita la gabardina, se ajusta el cuello de la camisa y carraspea.

— Chicos y chicas —empieza diciendo, con voz grave y potente—, recuerdo cuando yo estaba en vuestro lugar, sentado en esos pupitres, y miraba hacia el profesor con fascinación, y me preguntaba qué conocimientos tendría para compartir conmigo. Ahora yo soy el profesor, y vosotros quienes os preguntáis qué conocimientos voy a compartir —el hombre paseó la mirada por sus alumnos, viendo sus rostros expectantes. Se detuvo en mitad de la tarima—. ¡Pues bien! ¡Me complace deciros que hoy vamos a aprender a trasplantar bonsáis!

Los alumnos se miraron extrañados. Uno de ellos levantó la mano, y el profesor le dio el turno.

—Señor, pero, ¿no estamos en la asignatura de metodología didáctica para la enseñanza secundaria?

El profesor se alegró de que alguien hiciese la pregunta.

—Claro que sí, chico —le respondió—. ¿Cómo te llamas?

—Joaquín, señor —respondió el muchacho.

—Bien, Joaquín, lo que pasa es que yo no tengo ni idea de metodología didáctica —explicó el hombre—. Pero ¡insisto! ¡cuando digo ni idea, creedme que lo digo con todas las letras de la palabra! No tengo ni la más remotísima idea de metodología didáctica. De hecho, no sabía que existía esa asignatura ni este máster hasta hace unos días que me nombraron profesor.

Todos los alumnos respondieron al unísono con un “Aaahh vale, vale”. Y asintieron con la cabeza como esos perritos tan simpáticos que se ponían antes en los coches. Los muchachos se quedaron tranquilos, porque por un momento habían pensado que no había ninguna justificación para aprender en esa asignatura a trasplantar bonsáis.

—Bueno, pues como decía —siguió diciendo el profesor—, a lo largo de esta asignatura aprenderemos algunas cosas de jardinería, para conseguir que arbolitos cualesquiera, se conviertan algún día en hermosos bonsáis.

Una alumna levantó la mano.

— Señor, ¿podría explicarnos qué es un bonsái? Porque yo siempre había creído que se les echaba a esos árboles una sustancia química para que se quedasen chiquititos.

— Claro, claro… muy buena pregunta —dijo el profesor—. Me alegra que lo preguntes, es que se me olvida que vosotros no sois jardineros como yo… perdonad, chicos, ¿vosotros qué habíais estudiado?

— Somos químicos, físicos, ingenieros, biotecnólogos…

—¡Ah! ¡Pues entonces perfecto! —respondió el hombre más feliz que un ocho—. Porque entenderéis muy bien cómo funcionan los procesos de nutrición de las plantas, y cómo la savia bruta se convierte en savia elaborada.

Un silencioso “Ahhh” llenó la sala.

—Vale, pues respondiendo a la compañera, un bonsái es un árbol cualquiera que, con los tratos adecuados, se convertirá poco a poco en un bonsái. Lo principal es conseguir un tronco con una buena base, es decir, el nebari, y unas ramas bien posicionadas con una buena ramificación. Esto es lo que da al árbol la apariencia de un árbol anciano, a pesar tener un tamaño muy reducido.

— Pero, ¿cómo conseguimos ese nebari y esa ramificación? —preguntó otra alumna.

— Pues muy sencillo. A través de podas sistemáticas, trasplantes y pinzado de las hojas.

Otro silencioso “Ohhh” llenó la sala.

Un alumno al fondo de la clase se puso en pie, y pidió la palabra:

— Profesor, pero yo no entiendo cómo va a ayudarnos esto a ser mejores profesores de secundaria…

—¡Anda! —exclamó el profesor divertido—. ¡Ni yo tampoco! Pero ven aquí, chico —El alumno obedeció y fue hasta la tarima del profesor—. Vale, muchacho, mira, te tienes que colocar así… —y el profesor empezó a recolocar la postura del muchacho como quien coloca tiesas las ramitas del árbol de navidad—, con los brazos levantados a los lados… vale, ahora separa un poco los pies… ¡Perfecto!

El muchacho se quedó quieto, y el profesor empezó a dar la lección usándole de modelo.

—Mirad, chicos —dijo señalando con su batuta uno de los brazos del muchacho—, este brazo de aquí sería la ichi no eda, es decir, la rama principal del bonsái —señaló el otro brazo del chico y dijo—. Esta otra de aquí, sería la ni no eda, es decir, la segunda rama —entonces dio en la cabeza del chico unos golpecitos con la batuta, al tiempo que decía—, y esto otro de aquí sería el ápice: la parte más alta del árbol.

Todos los alumnos empezaron a aplaudir, fascinados por la explicación. Algunos incluso se pusieron de pie, y uno de ellos silbó con los dedos. El profesor hizo una reverencia y siguió con la clase.

Al final, cuando sonó el timbre y dieron de nuevo en punto, los alumnos se pusieron de pie y abandonaron el aula. Dos de ellos comentaban entusiasmados la sesión:

— ¡Jo, qué clase tan interesante! ¡Hay que ver lo que sabe este hombre de jardinería…!

— Me han dicho que el año pasado tuvieron un profesor que les habló de distintas metodologías didácticas, como el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje cooperativo, la clase invertida, los mapas conceptuales… Que incluso les habló de distintas herramientas con las que apoyar sus enseñanzas, herramientas discursivas, bases de datos con material creado por otros profesores…

—Pobrecillos… —se lamentó uno de los chicos—. La verdad que no sé cómo van a aplicar eso a su vida como profesores.

—Ya… —respondió el otro—. La verdad que yo tampoco.

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