Trolinches y el Culto de la Piruleta

Bernarda era una muchacha muy estudiosa, de estas que tienen que tomar ansiolíticos para no sufrir ataques de ansiedad durante los exámenes. No era de extrañar, porque con un maquiavélico e inconsciente plan de chantaje emocional y sobredosis de expectativas, sus padres habían conseguido convertirla en una máquina de sobresalientes. Eso sí, siempre le recordaban lo orgullosos que estaban de ella y la recompensaban con regalitos cuando traía buenas notas a casa, a pesar de que la muchacha estaba ya en tercer año del grado en matemáticas, y vivía sola en un apartamento cerca de la universidad. “Es mejor que vivas cerquita de clase, cariño” le habían dicho sus padres, “así nos quedaremos más tranquilos cuando vuelvas de noche a casa”. Y Bernarda había dicho que sí, que por supuesto, ¡hombre!, que cómo no iba a hacer caso a sus papuchis queridos para que estuviesen tranquilitos y contentos. Y por supuesto también mejor vivir sola, que a saber qué compañeros del demonio podrían haberle tocado.

Así que Bernarda vivía feliz y segura en su enorme apartamento. No salía demasiado de allí porque la mayor parte del tiempo, como decíamos, lo pasaba estudiando, y el resto del tiempo lo empleaba en leerse artículos y publicaciones científicas, o participando en conversaciones de Reddit donde postadolescentes con complejo de nerds fantaseaban sobre sus pedantes cosmovisiones. Además, la calle era un lugar lleno de potenciales macetas asesinas cayendo de los balcones, perros con rabia y multitud de perversos virus acechando detrás de cada nariz. Y aunque a Bernarda no le daban especialmente mucho miedo, a su madre sí, que, a fin de cuentas, es quien importa.

Pero sus días de sosiego, paz y sobreprotección iban a llegar a su fin. Un día cualquiera (y para Bernarda verdaderamente eran difícilmente distinguibles unos días de otros, porque todos los pasaba estudiando), mientras estudiaba, llamó a su puerta un agradable jovencito, vestido como un pincel, con vaqueros ajustados y una camiseta marrón con una chapita en el pecho que rezaba “Culto de la Piruleta”. Pero lo más llamativo era un gorro rojo que llevaba en la cabeza, y que dejaba intuir de dónde venía lo de piruleta.

— Buenos días, soy Martín —saludó el muchacho—, miembro del Culto de la Piruleta, y vengo a comprobar si este piso está a salvo de las trolinches.

— ¿Trolinches? —preguntó extrañada Bernarda, que estaba ya un poco harta de tener que abrirle la puerta a vendedores de biblias y repartidores de propaganda.

— Ya… ¿verdad? —respondió él—. Yo tampoco me lo esperaba cuando descubrí que mi casa estaba llena de ellos. Pero fíjate, estaban por todas partes. Y ahora para echarlos de casa lo mejor que puedo hacer es ayudar a otras personas como tú.

Bernarda cerró la puerta de golpe, casi dándole en las narices al muchacho. Ya sabía lo que le gustaba a los mocosos tomarle el pelo y, la pobre Bernarda, que a lo largo de su vida se había curtido en esquivar las pullas de los otros niños (porque es bien sabido que los empollones son el puchinball del malote de clase) no iba a dejarse engañar por una broma tan insípida.

— ¿Hola? ¿Estás bien? —insistió el muchacho desde el otro lado, alzando la voz para que se le escuchase—. El viento ha debido cerrar la puerta… Bueno, te dejo un panfletillo aquí por si notas algo raro y quieres llamarnos. ¡Recuerda! ¡Stay positive!

“Já, como que vas a colarme lo del panfletillo, chaval, que no eres el Telepizza”, pensó Bernarda. Y con aire triunfal se fue a su cuarto a seguir estudiando, que ya había perdido mucho tiempo con tanta tontería. Así que empuñando subrayador y post-it, se dispuso a seguir con sus apuntes de Álgebra Conmutativa. Poco se imaginaba que, por misterios de la casualidad, a través de la ventana que tenía abierta le iba a llegar la conversación de dos de sus vecinas de patio, esas mismas vecinas que marujeaban a todas horas y al mismo tiempo tenían siempre la oreja pegada a la ventana para ejercer el deporte nacional de patio de edificio: la caza de chismes.

— Oye, qué fuerte lo de los trolinches, ¿no?

— Ya te digo, joder. Yo me lo tomé a coña, y luego no había manera de sacarlos de casa.

“Qué gilipollez, estas tontas ya se lo han creído”. Pensó Bernarda. Pero entonces le saltó una notificación de Twitter en el móvil: “Bad Gyal ha publicado una nueva historia. Working para sacar a los trolinches del estudio :O”. El corazón de Bernarda dio un brinco. No creía en las casualidades, pero de pronto la palabra trolinche parecía estar acosándola como lo hacen esos captadores de socios de las ONGs que se plantan en medio de la calle carpeta en mano y no te dejan pasar ni aunque les amenaces con navaja. Cogió el portátil y tecleó en Google: “T… r… o..”. De pronto la palabra “Trolinche” apareció como primera sugerencia en sus resultados. “Ostras, pues parece que sí que existen los trolinches estos”. Cerró el portátil y fue hasta la puerta de su casa para recoger el panfleto que había dejado el muchacho. Lo leyó de arriba abajo.

¿Qué son los trolinches?

“Los trolinches son pequeñas criaturas. Habitan en lugares cálidos y se alimentan de las ondas magnéticas positivas de los seres humanos, por eso es tan normal que aparezcan en nuestras casas, y nos produzcan estados de ánimo depresivos. Son invisibles para el ojo humano, pero visibles para aquellos que tienen una modificación del gen MTHFR. (Este gen codifica para la metilentetrahidrofolato reductasa, enzima clave en el metabolismo del folato. Su deficiencia influye en el metabolismo de la homocisteína y diferentes neurotransmisores). Gracias a la modificación de estos neurotransmisores, los Metaheufrásicos (así se llama a estos privilegiados genéticos), son capaces de percibir las ondas magnéticas que emiten los pensamientos maliciosos de los trolinches.

¿Cómo detecto si tengo trolinches en mi casa?

El primer indicio que notarás en tu hogar es que sus habitantes empezarán a tener cambios bruscos de humor, pensamientos negativos, actitudes derrotistas y discusiones más habituales que de normal. Respecto a los aspectos no personales, los trolinches suelen también provocar rupturas menores en el mobiliario, como cerrojos que cierran mal, manillares sueltos, sillas cojas y bombillas fundidas.

¿Qué puedo hacer para echar a los trolinches de mi casa?

Lo primero que debes hacer es pedir ayuda. Los trolinches se reproducen muy rápido y sin la ayuda de los metaheufrásicos la situación puede complicarse. El número de contacto se encuentra en la parte inferior del panfleto. Nosotros nos encargaremos de todo…

Bernarda no podía creerse que alguien pudiese dar crédito a una tontería como aquella. Pensó que podría lucirse delante de sus compatriotas de Reddit criticando semejante patraña, así que se fue a su cuarto, terminó de estudiar, y cuando llegó la hora de la cena, en su descanso de veinte minutos, se puso a postear.

(@Beernarda): “Hey, mirad lo que me han dejado en la puerta esta mañana (imagen.png). Menudos parguelas”.

Re.(@conejita_de_Schrödinger): “Hahahahaaha”

Re.(@Bleech_ore_wa): “oye, nada de bromas. he leído en un par de artículos que han demostrado que existen. btw, mi tía estuvo a punto de suicidarse, pero llamó al Culto de la Piruleta y le ayudaron bastante”.

(@Beernarda): “Jajajaa, qué gilipollas @Bleech_ore_wa, no vasiles…”

Re.(@Bleech_ore_wa): “tía no jodas que lo digo en serio, le están ayudando a mazo peña”

Re.(@totestá_bee): ” @Bleech_ore_wa Rt, totalmente de acuerdo contigo. Yo también conozco people que les han ayudado mucho.

Re.(@tiktoksaurio): Rt

Re.(@WTFmyheart_is_rap): Rt jajajaja que naci la @beernarda

Re.(@Faleteajete): Rt…

“Joder. ¿Qué le pasa a esta gente?”, pensó Bernarda, convenciéndose a sí misma de que no le afectaba en absoluto que sus compatriotas virtuales no le hubiesen reído la gracia. En realidad, la muchacha necesitaba más aceptación de su comunidad de Reddit que un adolescente enamorado al que le está saliendo la barba la necesita de sus compañeros de instituto.

Como se había terminado su rato de descanso, regresó a su cuarto para seguir estudiando, no fuera a ser que llamase su madre y la pillase pajareando. Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza a los trolinches y el Culto de la Piruleta, y lo que había dicho @Bleech_ore_wa de que habían demostrado que efectivamente existían esas criaturas. Tras pasarse dos horas pajareando entre sus apuntes, se puso el pijama y fue a lavarse los dientes. Abrió la puerta del armarito del baño y de pronto una de las baldas se descolgó y cayó al suelo con todo lo que tenía encima. “Mira, ya tengo a los trolinches en casa” se dijo a sí misma con sarcasmo. Pero en el fondo, la muchacha, que era una experta del autoengaño, ya tenía sembrada la semilla de la duda, y cuando salió del baño para irse a dormir, miró a su alrededor para asegurarse de que no había ningún bicho extraño a su alrededor. Y aquella noche, por mucho que intentó pensar en sus apuntes de matemáticas, el Culto de la Piruleta sustituía sus ensoñaciones de ecuaciones y espacios vectoriales por genes MTHFR y trolinches maliciosos.

Pasaron un par de semanas, y llegaron los exámenes en la facultad. Como es habitual en toda buena universidad prestigiosa, notablemente conocidas por ser panteones de la pedagogía y la competencia educativa, el número de suspensos de los exámenes rozaron el 90%, entre los que estaban cuatro de las seis asignaturas de Bernarda. Y como cabría esperar, Bernarda, que había estudiado para esos exámenes más horas de lo humanamente posible, llegó llorando a su casa, y llorando llamó a sus padres, para contarles su tremenda e irremediable desgracia, que marcaba un antes y un después en su vida.  

“Cariño, igual es que no estás durmiendo bien” le dijo su madre.

“Yo te he notado un poco distraída últimamente, Bernarda, me parece que estás usando mucho el móvil” le dijo su padre.

“Porque, hija, no te habrán entrado los trolinches esos, ¿verdad?” le dijo su madre.

Y por mucho que Bernarda dijo que no y que no, lo de los trolinches empezó a preocuparla seriamente. “¿Y si no es una tontería? Yo nunca antes había suspendido” se decía. Podéis imaginar el mal rato que se llevó la muchacha, dándole vueltas a todas estas cosas. Tanto fue así, que a partir de ese día fue incapaz de concentrarse cada vez que se sentaba a estudiar, pensando en los cuatro suspensos que tenía. Y como no podía estudiar, se sentía angustiada por no estar aprovechando el tiempo, y con esto la pescadilla que se muerde la cola. “¿Cómo es posible que de pronto no pueda concentrarme?” se preguntaba una y otra vez. En pocos días, Bernarda llegó a la conclusión de que tal vez lo de los trolinches estaban detrás de su incapacidad para estudiar. “Me estoy volviendo loca” pensó. Así que como buena ciudadana formada que era, decidió que debía comprobar las fuentes de confianza, y se puso a investigar en internet, y efectivamente encontró muchos artículos que demostraban la existencia de los trolinches. Bernarda sacó el panfleto del cajón de su armario donde lo había guardado, y se quedó un buen rato mirándolo. “Definitivamente me he vuelto loca” se dijo a sí misma mientras tecleaba en su móvil el número de contacto del Culto de la Piruleta.

— Buenos días —dijo una voz suave y agradable—.  Ha contactado con el Culto de la Piruleta. ¿Necesita que le ayudemos con las trolinches?

— ¡Hola! ¡Sí! o no… No lo sé —dijo.

— Ay… cariño, no te preocupes, ya has dado el paso más difícil: pedir ayuda. Ahora nosotros nos encargamos de todo. Cariño, ¿quieres darme tu dirección para que vayamos a ayudarte?

Y Bernarda les dio todos los datos que le pidieron, pensando en lo que diría su madre si se enteraba que estaba dando su dirección a un desconocido y encima a través del teléfono. En menos de media hora el Culto de la Piruleta llamó a su portal, y el muchacho que le había dejado el panfleto el primer día se plantó en su puerta. El muchacho, Martín, le dijo a Bernarda que él era metaheufrásico, y que no tenía que preocuparse da nada, que estaba en buenas manos. Pero cuando el muchacho entró en el salón, dio un respingo y se llevó las manos a la cabeza:

— Dios mío, Bernarda —dijo el muchacho, poniendo una mano en el hombro de la muchacha—, la situación es más grave de lo que pensaba… vamos a tener que traer los ecualizadores de ondas.

— ¿Ecualizadores? —dijo Bernarda incrédula. Empezó a dudar de nuevo de todo eso del Culto de la Piruleta y, además, el muchacho no le inspiraba demasiada confianza con su buenrollismo de perroflauta. Sus padres siempre le habían advertido de los peligros de esta clase de gente, que siempre estaban fumando porros y la mayoría eran ninis—. Mira, es mejor que te marches—le dijo.

— ¡Bernarda! pero necesitas nuestra ayuda… la casa está llena de trolinches, si lo dejas pasar ahora puede ser irreversible.

— ¡Fuera! —gritó Bernarda sobresaltada.

Y Miguel le dio amablemente las gracias por haberle dejado entrar a su casa y se marchó. Bernarda cogió el teléfono y llamó a sus padres.

“Cariño, tu tía Clara nos ha hablado maravillas de esta gente. Llámales y que te ayuden, que si no no me voy a quedar tranquila” dijo su madre.

“Nosotros lo que queremos es que estés bien, Bernarda. Si te pueden ayudar, bienvenidos sean” dijo su padre.

Así que Bernarda llamó de nuevo al Culto de la Piruleta, porque desde luego lo que no quería era que sus padres se quedasen preocupados, y en media hora tenía de nuevo en su casa a Martín, esta vez acompañado de dos mujeres vestidas con sus respectivos gorritos rojos y un extraño aparato que hacía ruiditos. En otros diez minutos la casa estaba patas arriba, porque las mujeres iban haciendo pasar el aparato por todos los rincones, y allí donde algo les impedía el paso, Bernarda iba detrás quitando cosas del medio.

— ¿Has notado últimamente que las paredes estén más frías? —preguntó una de las mujeres.

—No sé… respondió Bernarda —y puso la mano sobre la pared más cercana—. Psssss sí…, podría ser.

—Lo que sospechaba… —dijo la mujer, y miró a su compañera con cara de circunstancias y apuntó algo en su bloc de notas al mismo tiempo que negaba con la cabeza—. Se ha instalado en el piso una matriarca.

— ¿Una matriarca?

— Eso es, una matriarca. Como la hormiga reina de las hormigas… Eres universitaria me habías dicho, ¿verdad?

Bernarda asintió.

— Has suspendido hace poco algún examen, ¿verdad?

Bernarda asintió, con los ojos abiertos como platos.

— ¿Y has estado últimamente mucho tiempo con el móvil?

Bernarda asintió y tragó saliva.

— Entonces sí, sin duda tienes una matriarca en casa. Vamos a enseñarte unos cuantos ejercicios terapéuticos que tienes que hacer una vez cada dos horas. Con estos ejercicios conseguiremos debilitar las ondas de la matriarca, y con un sulfatador podremos neutralizarla.

Bernarda asintió, en esta ocasión más asustada que sorprendida.

Y entonces Miguel y las dos mujeres empezaron a enseñarle los ejercicios terapéuticos a Bernarda. 

— Repite con nosotros, Bernarda: Matriarca sum sum, bsssss aaaa um. Matriarca, sum sum, bsssss aaaa um…

Y durante dos horas estuvieron repitiendo una tras otra todas las frases que Bernarda tenía que repetir, acompañadas cada una de posturas físicas de los más extravagantes.

— Bueno, Bernarda, nosotros nos marchamos —dijo finalmente Miguel.

— ¿Os vais? Pero, ¿no estaré en peligro?

— Bueno, mientras repitas los ejercicios terapéuticos en teoría no debería pasar nada… volveremos mañana para explicarte los siguientes ejercicios. Eso sí, lo más importante, ¡No salgas de casa sin tu gorro rojo! Sin su protección podrías traer incluso más trolinches a casa o, quién sabe, incluso a otra matriarca.

— Pero no tengo un gorro rojo —gimió Bernarda.

— Claro, claro. Te lo damos cuando te das de alta en el culto. ¿Quieres que te demos de alta? es sólo un segundito…

Bernarda asintió, rellenó los papeles correspondientes y le dieron la chapa y el gorrito.

— Nos queda mucho trabajo por delante, pero te ayudaremos a salir de esta, Bernarda, no te preocupes…

Y el muchacho decía la verdad. El Culto de la Piruleta prometía no abandonar a nadie, y Bernarda no tardó en convertirse en una paciente de grado gravísimo que requería toda la ayuda necesaria. Durante semanas Bernarda recibió en su casa a muchos miembros del culto, que iban enseñándole los ejercicios terapéuticos y los procedimientos para mantener a raya a los trolinches. Los más importante, lo que los científicos habían demostrado que era más efectivo contra la depresión, era ayudar a otros infestados a acabar con las trolinches de sus casas, porque las ondas que se emanaban en cooperación eran muy nocivas para los trolinches y ayudaban a mantener a raya a la matriarca. Con el tiempo, siguiendo los consejos del Culto de la Piruleta, haciendo todos los ejercicios y ayudando a otros con sus plagas, Bernarda fue sintiéndose mejor, y a los dos meses ya era toda una experta en enseñar ejercicios terapéuticos. La nombraron embajadora y le dieron el trabajo de acudir a las casas cuando había casos graves y se necesitaban equipos de emergencia, y gracias a esto su matriarca se vio muy debilitada, y su estado de salud emocional mejoró muchísimo.

Pasados dos años, a pesar de que la amenaza de los trolinches se había extendido, la gente había sabido reaccionar con rapidez gracias al Culto de la Piruleta, igual que había pasado con Bernarda. Ella era una más de los cientos de miles afectados por la gran plaga. En poco tiempo por la calle todo eran gorritos rojos que mantenía a la población protegida de los parásitos, y aunque a diario aparecían nuevos casos de matriarcas, los servicios de emergencia, como en el que trabajaba Bernarda, actuaban con gran rapidez y ponían la matriarca a raya. Todos aquellos que desconfiaban del Culto de la Piruleta en un principio, ahora eran socios convencidos, y miraban atrás en el tiempo y se reían de lo incrédulos que habían sido en un principio de los trolinches.

Pero al mismo tiempo que la población se fue concienciando del Culto de la Piruleta y las trolinches, empezó a aparecer toda una calaña de psicólogos, o gente que decía llamarse experta en salud mental, que defendían que todo aquello no era más que un bulo transferido con gran habilidad explotando una preocupación generalizada de la población por el aumento de la inestabilidad emocional, como consecuencia de hábitos de vida cotidianos que dañaban las relaciones interpersonales, los vínculos emocionales y las conductas sociales naturales y necesarias para la integridad del individuo. Consecuencia, seguramente, del aumento de la exposición a la crítica del grupo por culpa de las redes sociales, la presión y la autoexigencia de un sistema meritocrático y basado en la competencia, y la sobrecarga laboral de los trabajadores que les privaba de tiempo de ocio y de tiempo para estar con sus familiares y amigos. “Patrañas de loqueros”, decían los medios de comunicación y la gente en general. “La psicología es una pseudociencia” era la conclusión a la que llegaba la mayoría…

Meses después, el día 12/02/2021 el parlamento europeo, que ya no podía seguir silencioso ante esta situación, emitió un comunicado en el que se declaraba a la psicología como pseudociencia, y sugería a los gobiernos prohibir toda práctica relacionada con ella. Por suerte, los gobiernos de la mayoría de los países no tardaron en aprobar leyes que condenaban la psicología y otras pseudociencias como la filosofía o la historia, y al final todos estos charlatanes que se dedicaban a estas disciplinas terminaron en la cárcel por difamar mentiras y por provocar el desorden público.

A los dos meses los suicidios empezaron a dispararse por todas partes del mundo con un dato inequívoco: este aumento de suicidios había comenzado el 12/02/2021.

La respuesta del Culto de la Piruleta, la comunidad científica, los medios de comunicación y la población en general fue clara y unánime:

“¡Oh no! ¡los números capicúa hacen más fuertes a las matriarcas!”

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