El Violinista de Bagdad

Érase una vez, un hombre que vivía en la ciudad de Bagdad, que amaba la música por encima de todas las cosas. Con su violín llenaba de música las calles de la ciudad, y todos acudían maravillados a escucharle a la plaza. Quienes lo habían visto lo llamaban “La Voz de los Dioses”, y decían que cuando hacía sonar el violín incluso los pájaros guardaban silencio. En poco tiempo todos en la ciudad habían oído hablar de él y habían escuchado su música.

El Sultán de Bagdad, que era un hombre vanidoso, tuvo miedo de que admirasen al músico más que a él, y ordenó que lo llevasen ante sí.

­­ — ¿Cómo osas desafiar al sultán? ¡Nadie tiene la voz de los dioses salvo yo! —le dijo el sultán, quien en verdad tenía una voz carrasposa—. ¡No tocarás más música en esta ciudad! Te irás al desierto y no volverás nunca, allí donde no haya nadie que pueda escucharte —Y al mismo tiempo que decía aquello, agarró el violín del músico y lo hizo pedazos.

El pobre hombre no tuvo más remedio que obedecer las órdenes del sultán y llevándose consigo el arco del violín, que era lo único que había quedado, abandonó la ciudad de Bagdad para siempre.

Se refugió en una cueva en mitad del desierto, donde su única compañía eran las arenas y los fuertes vientos. Y el hombre se sintió triste, porque no había nadie que escuchase su música, y recordaba con añoranza la plaza llena de gente bailando y cantando junto a su violín.

Durante mucho tiempo el hombre pensó que nadie más volvería a escuchar su música. Pero entonces, un día oyó que el viento le hablaba a través de las piedras de la cueva, y esto fue lo que le dijo:

— Pobre hombre, ¿no ves que no necesitas violín para hacer sonar tu música? Yo me cuelo entre las rocas y entre las dunas del desierto, y entre ellas consigo sonar como flautas.

— Pero aun así no habría nadie para escucharme —se lamentó el hombre.

— No sólo los hombres escuchan la música —dijo el viento enigmáticamente antes de desaparecer, dejando al hombre desconcertado.

Como no tenía nada que perder, el hombre cogió el arco de su violín, y empezó a hacerlo sonar contra las piedras de la cueva. Para su sorpresa, vio que la arena del desierto que se había colado al interior de la cueva empezaba a cobrar vida. Según él hacía sonar el arco del violín, ésta iba danzando de un sitio a otro. Salió al exterior de la cueva, y descubrió que cuando hacía sonar su música, todo a su alrededor vibraba junto a ella: las piedras de la cueva, la arena del desierto e incluso el viento. Y entonces nunca volvió a sentirse sólo, porque cada vez que hacía sonar su música, el desierto bailaba con él.

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